Aún era un hombre joven. Curtido y experimentado; pero joven todavía. Había llegado a esa edad incierta en que la vida comienza a volverse tan plácida como rígida. Una edad en la que todavía es posible cualquier cosa, y sin embargo muchas cosas comienzan a parecer inalcanzables. Aquella tarde salió de su casa con un extraño brillo en su mirada. Estaba cansado, tras una dura jornada de trabajo en el astillero. Un trabajo rutinario, del que pese a todo solía extraer siempre algún pequeño momento de placer, como ensimismarse a pleno sol transportado por aquellos olores nítidos del puerto. No era un hombre feliz, pero estaba conforme. Había cosas peores, y él lo sabía.

Llevaba varias semanas tratando de eludir aquel momento. Meses atrás, había comenzado a construir una goleta junto al viejo almacén de la familia, en el extremo de la bahía. Un lugar apartado y olvidado de todos, en el que sus manos diestras fueron dando forma a aquella embarcación prodigiosa. Con la escusa de reformar el almacén, un viejo amigo encargado del aserradero local le había suministrado una cantidad conveniente de madera de ciprés hacía ya tiempo, Eso, y su costumbre de dar largos paseos cada tarde, le habían permitido trabajar con discreción y sin descanso.

En cada una de aquellas tardes robadas, se había reencontrado con lo mejor de sí mismo. Disfrutaba dando forma en su mente a cada detalle. Dibujando los contornos en incontables borradores, y encajando con un mimo exquisito cada listón en el lugar preciso. A veces, mientras calafateaba las juntas, o en medio de cualquier otro trajín, acercaba su mejilla empapada en sudor a la madera, y cerraba los ojos ensimismado. Amaba aquella embarcación.

-Las goletas están hechas para navegar-, se repetía una y otra vez. Y de inmediato, inventaba un nuevo detalle que añadir, o buscaba un pequeño defecto inexistente que pulir mientras crecía su desasosiego. En los días de sol, la grada que sostenía la embarcación era visible desde la bahía, y a medida que avanzaba la construcción, la goleta iba despertando a partes iguales la admiración y la codicia de los marinos que fondeaban a lo lejos al caer la tarde. Tanto, que en las últimas semanas muchos le habían hecho llegar varias ofertas.

Sabía que el destino de una goleta es navegar, y sin embargo a medida que aquel momento se volvía más ineludible, una infinita congoja lo desgarraba por dentro. El día anterior, sacudido por una revelación repentina, había aceptado la oferta de uno de aquellos marinos. Durante días había tratado de buscar entre los candidatos el mejor piloto para aquella nave. Pero de pronto comprendió que se engañaba a sí mismo: en realidad tanto le daría uno que otro. Ninguno haría el dolor menos intenso.

A la mañana siguiente tuvo lugar la botadura. Una docena de curiosos se agolpaba alrededor de la nave mientras la madera crujía exultante al encuentro con la espuma salada. Él permaneció absorto largo rato, contemplando como su silueta se alejaba mar adentro, sorteando las olas. Nunca se había sentido tan feliz. Nunca tan triste. Sonreía embelesado, mientras trataba sin éxito de contener sus lágrimas. Un muchacho entusiasmado se acercó hasta él.

¿Será siempre así de hermosa? -preguntó el chiquillo.

Sus ojos se clavaron en aquella silueta elegante que trazaba hilos de plata bajo un sol radiante.

Lo será -dijo él-, nadie podrá doblegarla jamás.

¿Cómo lo sabe?

La goleta se giró, y mientras todo el mundo creyó ver el destello de una simple baliza en la banda de babor, el pudo distinguir sin género de dudas aquel hilo rojo apuntando directamente a su corazón.

Lo sé -contestó sonriendo.

8 comentarios en “La botadura”
  1. Lughnasad dijo:

    Conseguida sensación de amor por algo material como un barco. Entiendo perfectamente a tu personaje. El placer de hacer las cosas y el miedo a que ese placer se acabe.

  2. maría dijo:

    Las goletas están hechas para navegar, los cuadros para ser admirados, la música para ser escuchada, los hijos para ser libres. El placer es el proceso, la generosidad de compartirlo el fin. La esperanza de que perdure, un intento de rozar la inmortalidad.

    Nunca pierdas la gubia… ;-)

  3. Javier Úbeda dijo:

    Lughnasad: Entre las cosas que más amé de niño estaban unas viejas zapatillas de felpa y el primer coche familiar: amamos lo que ponemos en esos objetos y lo que los demás ponen en ellos. Y sí, somos lo que hacemos, por eso nos da miedo terminar eso que hacemos…

    María: Generosidad: qué palabra tan hermosa, tan necesaria, y tan rotunda. Intentaré no perderla, queda mucho por hacer con mis tres pequeñas goletas… jeje

  4. lys dijo:

    La obra de las manos de uno… a veces pienso como se sentirá un escultor o un pintor después de pasar tantas horas ante un lienzo, dándole color, dándole vida, modelando cada curva, cada hendidura de su obra. Una goleta construida con el corazón, difícil partida, sentimientos encontrados y la felicidad de dar vida. Me ha gustado mucho este relato.

    Te dejo un beso

  5. J.Úbeda dijo:

    Muchas gracias Lys. Sentimientos encontrados sí, pero es tan necesario sentir… Nos va la vida en ello. Un beso para ti también :)

  6. Escritores Negros dijo:

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    Un saludo y gracias.

  7. arséniko dijo:

    Hoy he leído por primera vez este blog, me han encantado los tres relatos.¡Enhorabuena!
    Espero seguir leyendo muchos más.

  8. eclipse de luna dijo:

    Nada mas gratificante que disfrutar de la obra de uno…nada mas gratificante que ver la goleta navegar..

    Besos.
    Mar

    Suerte en el concurso.

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