Cada tarde paseaba unos metros hasta el parque, con las manos a la espalda y la sonrisa esbozada perdida en el pozo de la memoria. Giraba al llegar a la fuente, y encaminaba sus pasos hacia el banco de siempre. Con un gesto repetido, limpiaba un polvo inexistente con el envés de la mano, y se sentaba despacio, dejándose caer hacia atrás. Reconocía sin saberlo el murmullo de cada madre, de cada niño. Y de cada corrillo le llegaba un sentimiento flotando en el aire. Algo que apenas percibía, pero que se transformaba a veces en un escalofrío, en un recuerdo amable, o en una carcajada estentórea y ridícula que dejaba escapar sin querer, dejándolo extrañado. Desde el año anterior, Manuel abrochaba su pantalón por encima de su ombligo. Si le hubieran preguntado hace diez años, hubiera jurado que jamás se vestiría de una guisa que encontró ridícula siempre. Pero los rigores de la estética habían cedido hace tiempo al beneplácito de la comodidad. Ya no se cuidaba. Ni falta que hacía. En aquel abandono sutil y progresivo, había encontrado una suerte de complacencia última que le hacía sentir algo muy parecido a la felicidad. Sabía que tenía nietos, aunque hacía más de un lustro que no veía a ninguno de sus hijos. A veces se dejaba punzar secretamente por algo que era una mezcla de nostalgia y remordimiento. Pese al dolor, se complacía con aquellos pequeños momentos de tortura interior: le hacían sentir vivo.
Y allí estaba. Contemplando la vida que había desdeñado hacía tiempo. Tomándola prestada en la vida de los otros, observándola en silencio durante aquellas dos horas, cada tarde, desde aquel banco. Ahora sabía que había pasado su vida buscando siempre lo que no tenía. Como lo buscó aquel día en que salió de su casa sin darse la vuelta, borracho de una libertad que no había tenido nunca, insensible y ciego, hasta toparse de bruces años después con el mismo vacío, solo que con otra forma. Como venía a buscarlo ahora, cada día. Y sabía también que era imposible alcanzarlo, porque tener algo, implica necesariamente dejar de tener todo lo demás. Así era la vida. La puñetera vida. Ese invento del demonio. Manuel se sintió extrañado cuando sintió la punzada. Era distinta a otras. Torció un poco la cabeza, y se llevó en la retina un niño pelirrojo que bajaba el tobogán estallando en carcajadas. Tardaron tres horas en descubrir que había muerto.
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7 noviembre, 2008 a las 19:21
Es precioso Javier.
7 noviembre, 2008 a las 19:44
Punzante, pero real… también me ha gustado.
7 noviembre, 2008 a las 22:12
Muchas felicidades por la decisión que has tomado de crear un blog donde puedas expresarte abiertamente y escribir casos y situaciones como este minirelato que es tan humano y real, sobre todo en estos tiempos donde imperan la soledad y el abandono, la mayoría de las veces, ganada a pulso y otras, sufriendo un abandono tan injusto como inmerecido.
Enlazaré este nuevo blog en el mio y en el google reader, leyendo este primer relato tuyo, no quisiera perderme ni uno solo de tus futuros escritos.
Un abrazo
8 noviembre, 2008 a las 0:43
He entrado un poco a ciegas y el relato me llamó tanto la atención que ni reparé en el escritor hasta que no lo hube leído dos veces y entonces me dije: !Qué bueno!, quién lo escribirá?
Me ha encantado HS de verdad, tienes en mi a una fan.!Jope, !!es que es buenísimo!!!
En hora buena por decidirte a escribir.
Un beso.
8 noviembre, 2008 a las 0:46
Ah, me acabo de ver. Jejejee!! Gracias
8 noviembre, 2008 a las 7:33
Mèrce: Muchas gracias. Sigues teniendo la sana costumbre de ser la primera en comentar en mis blogs, y yo el privilegio de que lo seas… ¿No me falles en el siguiente eh? jeje
Rufo: Muchas gracias. Me alegra que te guste. La realidad es punzante sí…
Nerim: no sé quién dijo que nunca hemos estado tan rodeados de gente y tan solos al mismo tiempo. Tenía razón. Muchas gracias por enlazarme y por seguirme, espero no decepcionarte…
Lys: Muchas gracias, a mí me ha encantado que te encante y que te haya gustado tanto…
Me habéis hecho sentir realmente bien con vuestros comentarios
. Es un privilegio poner en marcha un blog contando desde el primer momento con amigos como vosotros; ¡así da gusto empezar cualquier cosa! Intentaré no decepcionaros…
¡Un abrazo enorme para todos!
8 noviembre, 2008 a las 11:26
Javier, es un acierto. Ciertamente sscribes bien, muy bien, y eso que ganaremos los que volvamos por este sitio. Tomo nota para engordar la lista de enlaces.
8 noviembre, 2008 a las 12:01
Buenos dias. Precisamente desde la sevillana barriada de Heliópolis, me dirijo a tí, para felicitarte por tan magnífico texto. Es un verdadero placer poder disfrutar de textos cómo el tuyo. Adelante. Un fuerte abrazo. Espero tu visita por el mío, para seguir una buena amistad…
10 noviembre, 2008 a las 2:10
Júcaro: Muchísimas gracias. El que gana soy yo con vuestras visitas: ¡qué lujazo!
Herodes de la Bética: Una de las más bonitas de España, por cierto… Ya te he agregado al lector para leerte más despacio… ¡Muchas gracias a ti también!
12 noviembre, 2008 a las 19:17
Enhorabuena Javier. Siempre sorprendiendo.
Otro sitio más al que seguirte.
13 noviembre, 2008 a las 3:38
Lughnasad: ¡Muchas gracias! Me alegra mucho que pases por aquí tú también. Es un lujo empezar así, de verdad…
5 junio, 2009 a las 11:44
Me ha encantado el relato, Javier. Es inmenso.
6 junio, 2009 a las 14:53
Joder. ¿Inmenso no es mucho? jeje. Ese comentario viniendo de un buen amigo sería muy grato. Viniendo de un gran poeta, un privilegio. Como viene de los dos, es una alegría y un gustazo…
¡Un abrazo!
18 agosto, 2009 a las 18:42
Saludos! Te felicito tu blog esta buenisimo me encanto el relato, este en especial. Me encantaria poder expresarme asi en mi blog. Exitos hasta pronto.